martes, 18 de enero de 2011

El picadero de Paterna (Segunda parte)

Cádiz a 19 de enero de 2011

Continuación del post anterior

Y los adláteres rojos tuvieron que prohibir temporalmente la permanencia de los espectadores en las cercanías del Picadero. No podían entrar más que ellos, los “redentores” de la Humanidad, los que se “sacrificarán” por el obrero.
            Fue cuestión de días.
            Luego, todo continuó igual: tránsito libre, alegría, libre… Todo era libre.
            Hasta para matar a quien no pensaba y procediera en rojo, había libertad y premio.
            Entre los diversos episodios sucedidos en el Picadero, el que, sin duda alguna, apasionó más por las circunstancias especiales en que se desarrolló, fue el de un joven que, herido en una pierna, logró saltar en supremo impulso de su instinto de conservación, la tapia del cuadrilátero –unos dos metros de altura—y desaparecer.
            Era de noche. Varios milicianos salieron rápidamente en su busca. Dieron una minuciosa batida, pidieron documentación a los no conocidos, interrumpieron la marcha de trenes y coches y detuvieron a varias personas…
            Pero el fugitivo no fue hallado.
            Y hoy vive.
            Todo esto constituía la vida normal. Cuantos más asesinados, más normalidad de costumbres.
            Día de veinte muertos, era día anormal. Por ser pocos.
            ¡Picadero! Matadero llamaban todos.
            Millares y millares de crímenes se cometieron en él.
            Oficiales y jefes del Ejército, personalidades políticas, ex diputados, escritores, periodistas, propagandistas de la fe, sacerdotes, monjas, obreros, campesinos, estudiantes (algunos niños todavía), abogados, médicos, comerciantes, industriales, mujeres familias enteras fueron inmoladas a la vesania rojo-separatista.
            Desde agosto de 1936 a enero de 1937, fue el Picadero tránsito diario y frecuente de mártires. La cifra era por días más aterradora. Cien, doscientos y hasta a trescientos diarios llegó.
            A partir de enero de 1937 y por imposición de los alumnos de la Escuela Popular de guerra de Paterna –evadidos casi en su totalidad a las filas nacionales—cesó, aunque no por completo, tan escandalosa matanza.
            A partir de entonces, el número fue más reducido y los asesinatos iban precedidos de una falsa aureola de legalidad que unos farsantes la concedían con aparatosos juicios para tratar de engañar y de engañarse a sí mismos. No era más que un pretexto para anular su conciencia.
            A principios de otoño de 1938, varios centenares de presos políticos fueron trasladados del Pla Vallesa (cerca de Ribarroja) a Paterna (Molino de la Tandera).
            Los había de todos los puntos de España: Córdoba, Málaga, Jaén, Badajoz, Madrid, Ciudad Real, etc.
            Fueron detenidos muchos de ellos en los primeros días del Movimiento y llevaban padecidas mil calamidades que habían terminado con la vida de varios camaradas y trasformado a otros en verdaderas piltrafas humanas.
            Eran empleados en trabajos forzados, y sus guardianes descargaban sobre ellos todo el virus que poseían y la indignación producida por los reveses militares.
            Comían mucho peor que los soldados del Ejército rojo y vestían y calzaban lo que podían encontrar, negándoseles la recepción de ropa y comida que personas caritativas les ofrecían. Por tal motivo, muchos de ellos iban semidesnudos en pleno invierno, y la mayoría, descalzos.
            Las torturas a que se les sometía con frecuencia sólo tienen comparación a las practicadas en las “checas”. Uno de los castigos más usados consistía en obligarles a posarse sobre un ladrillo de moscas, y cuando el preso intentaba ahuyentarlas, los guardianes descargaban con furia sobre sus espaldas fuertes latigazos que les hacían caer exhaustos, encogidos de dolor.
            La llegada de los presos a Paterna produjo en la población un movimiento de simpatía hacía ellos, que se reflejaba en los donativos de objetos necesarios, que no siempre recibían.
            Es inenarrable la alegría con que acogieron la llegada de las tropas victoriosas del Caudillo, que les ofrecía como presente la libertad, una España recuperada y un porvenir.
            ¡Hombres y mujeres que, en la hora suprema, ante el más allá, no reprimieron un grito de rebeldía ante la traición y la anti-patria!
            ¡Mártires que lo dieron todo por la GRAN CAUSA!
            ¡Gloriosos héroes que desde lo alto siguen nuestros pasos en las decisiones que han de engrandecer a España!
            ¡VIGILADNOS! ¿Vigiladnos para que, ni por un solo momento, deje de funcionar lo que con torrentes de sangre pusisteis vosotros en marcha!
            Nosotros, desde aquí, en nuestro puesto asignado, sin titubeos, sin un gesto de desaliento os tenemos ¡PRESENTES!""

Alcalá, César. (2007). El picadero de Paterna, en Las Provincias. Las Checas del terror, (215-220), Madrid: Libroslibres.

Un saludo, J. M. Mora

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